¿Qué celebramos en la Ascensión del Señor?

La solemnidad de la Ascensión del Señor, se celebra tradicionalmente en la Iglesia el jueves de la sexta semana de Pascua, a los 40 días después de la resurrección del Señor. Según los relatos bíblicos, Jesús, después de su resurrección, permaneció un tiempo con sus discípulos, a quienes se hizo visible, durante cuarenta días comió y bebió familiarmente con ellos, los instruyó sobre el Reino. “La última aparición de Jesús termina con la entrada definitiva, irreversible, de su humanidad en la gloria divina, simbolizada por la nube (…) y el cielo” (Catecismo de la Iglesia N.° 659). El Libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf., Hech 1, 1-11) nos relata ese episodio: “Los discípulos lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hech 1, 9). Obviamente, no debemos entender ese relato en sentido literal, sino teológico. “Subir al cielo” es un lenguaje metafórico utilizado para expresar la entrada definitiva en la gloria divina.

Por tanto, la ascensión es la prolongación del acontecimiento de la resurrección, la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en la gloria de Dios. La ascensión está unida también al hecho de la Encarnación (la primera venida del Señor). Sólo el que salió del Padre puede volver al Padre. Dice Jesús “Nadie ha subido al Cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13). La humanidad, por sus solas fuerzas, no habría podido jamás tener acceso al Cielo, a la plenitud de la vida, a la felicidad. Sólo Cristo ha podido abrir ese acceso, ese camino al hombre para que pueda encontrarse con Dios.


¿Por qué en México celebramos la solemnidad de la Ascensión en domingo?

Con la renovación litúrgica y pastoral que ha traído el Concilio Vaticano II, que busca que las grandes solemnidades sean verdaderas fiestas y no únicamente una obligación de asistencia a la Misa, ha permitido que en los lugares en donde no se puede celebrar las solemnidades entre semana, la “celebración litúrgica” puede ser trasladada al domingo siguiente.

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    En México, por situaciones históricas, esta fiesta no tiene incidencia en el calendario civil, por ello forzaba a los fieles a celebrarla apresurada y forzadamente después del trabajo cotidiano, lo que hacía que no se disfrutara, sino simplemente se cargaba a la comunidad con el peso de una “obligación” litúrgica. Teniendo esto en cuenta, el calendario litúrgico en México ha movido su celebración litúrgica para el domingo siguiente. Ahora bien, esto no significa que nosotros, como fieles cristianos, no le demos hoy su lugar en nuestra oración diaria y en nuestra vida e incluso algunas parroquias de nuestra diócesis que tienen como patrono al Señor de la Ascensión celebran su fiesta patronal en este día.


    ¿Cómo hacer nuestra la solemnidad de la Ascensión?

    No debemos entender la ascensión como el alejamiento del Señor, como si Dios se hubiera ido dejándonos a nuestra propia suerte; todo lo contrario, como ya lo hemos dicho, la ascensión significa el triunfo de la humanidad que es exaltada hasta la diestra de Dios, es una mayor cercanía de Dios. La ascensión no es la partida de Dios, como si Jesús, después de cumplir una misión, se regresase abandonándonos. No se ha ido, sino que ha cambiado su modo de estar presente. Ya no lo podemos ver de un modo físico, como lo vieron sus discípulos en su vida terrenal; pero, Él sigue estando con nosotros. Jesús dice a sus discípulos: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Jesús, pues, está con nosotros, nunca se ha marchado; la ascensión no es la partida de Jesús.

     

    Pensar en la ascensión como la ausencia de Cristo en el mundo resultaría muy peligroso para el compromiso cristiano. Tal vez alguien podría pensar: como Jesús ya no está, se ha ido al cielo y no sabemos cuándo vendrá, podemos organizar nuestra vida contando con esa ‘ausencia’; pero Jesús nos dice “Yo estoy con ustedes todos los días”, es aquí en el mundo donde tenemos que descubrir la presencia de Jesús, es aquí donde tenemos que encontrarlo, porque Él no está lejos de los que lo buscan con sincero corazón; Él ni siquiera espera que lo busquemos, Él mismo nos sale al encuentro cada día. No podemos, por tanto, cruzarnos de brazos esperando una segunda venida o prepararnos sólo para esa segunda venida. Lo que tenemos que hacer es no evadir ese encuentro con el Señor que nos sale al paso cada día: en el pobre, el necesitado, en todo hombre que sufre y que no es reconocido en su dignidad de persona.

     

    “¿Qué hacen allí plantados mirando el cielo?” (Hech 1, 11) dijeron los dos ángeles a los discípulos que vieron ascender a Jesús. Es la hora del compromiso, es la hora de la misión. Jesús les promete a sus discípulos la venida del Espíritu Santo para constituirlos en testigos del Señor, en enviados a testimoniar al mundo entero la salvación obrada por Jesús.

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