Colaborador: Pbro. Lic. Juan Alfonso Aceves Camacho

Desde la Edad Media el mes de mayo ha sido consagrado a María Santísima por la piedad de los fieles. 

En efecto, el mes de mayo nos estimula a pensar y a hablar de Ella, y nos encamina a una oración más intensa y confiada. “Y es también el mes en el que desde su trono descienden hasta nosotros los dones más generosos y abundantes de la divina misericordia. Porque María es siempre camino que conduce a Cristo” (San Pablo VI, Mes de Mayo, 29 de abril de 1965).

Hay que reconocer que nosotros, los católicos, nos dirigimos a la Madre de Jesús para buscar entre sus brazos a nuestro Salvador, desde la Advocación que cada uno elige desde su vivencia íntima con María Santísima.


¿Qué es una advocación?

La palabra «advocación» proviene del latín advocare, que significa llamar, invocar; y se refiere al hecho de dirigirse a una persona que en la historia puede variar en la manera como se manifiesta, pero que se trata de la misma.

Dice el Padre Javier Alson que “esto ocurre con la imagen de la Virgen María, quien es diferente en cada región, pero que es la misma Virgen María, la Madre de Jesucristo y de la Iglesia; y cuando los cristianos nos dirigimos con amor a esa imagen específica nos estamos dirigiendo en realidad a la Virgen María, que vive en el Reino de Dios”.

A lo largo de los dos mil años de la historia de la Iglesia se han ido acumulando una cantidad enorme de advocaciones marianas. Ejemplo son la Virgen del Pilar –aparición que ocurrió en España– hasta las manifestaciones y apariciones más recientes, como Guadalupe, Lourdes, Fátima, Aparecida, entre otras tantas. 

En la Diócesis de Tepic contamos con algunas: Nuestra Señora del Rosario de Talpa (Patrona de nuestra Diócesis), Nuestra Señora del Rosario del Tintoque, Santa María de la Purificación, etc.


María, intercesora de la Iglesia

Te preguntarás cuál es el motivo de las distintas advocaciones marianas. Sencillamente podemos decir que el origen de cada advocación varía en cada una de ellas; siempre se trata de hechos extraordinarios, milagrosos, donde el pueblo de Dios, la Iglesia en su conjunto, reconoce la intervención de la Madre de Jesús en su favor. 

Después de que la autoridad de la Iglesia reconoce oficialmente la intervención especial de Dios a través de la colaboración de la Virgen, va surgiendo la advocación correspondiente, como por ejemplo el «milagro guadalupano».

“La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado” (Pablo VI, Marialis Cultus n. 57).

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Veneración, no adoración

Quisiera que tuviéramos en cuenta que los cristianos no «adoramos» a María; la adoración es el culto dado únicamente a Dios. El culto a la Virgen se llama «hiperdulía», es decir: veneración especial. La veneración que se tiene a la Madre de Dios es por su relación con el Misterio de Cristo y por su maternidad divina. 

Además, a quien veneramos no es al material o estilo con que está hecha una imagen, sino a la persona de alguna manera allí representada.


María, modelo de virtud

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar "los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos". Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sencilla; la caridad solícita; la sabiduría reflexiva; la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos, agradecida por los bienes recibidos, que ofrecen en el templo, que ora en la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro, en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz; la delicadeza provisoria; la pureza virginal; el fuerte y casto amor esponsal. De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen” (Pablo VI, Marialis Cultus n. 57).

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