Los consagrados y las consagradas somos bautizados que profesamos los votos de pobreza, castidad y obediencia, o bien algunos otros vínculos (c. 573). Vivimos en comunidades, aunque cada vez más pequeñas. 

Tenemos como modelo de vida a Jesucristo y a los hombres y mujeres que fundaron nuestros Institutos de Vida Consagrada o Sociedades de Vida Apostólica. 

Nuestra prioridad es vivir y testimoniar la primacía de Dios en nuestra vida. Tenemos como regla suprema de vida el Evangelio; nos alimentamos y confrontamos a través de los Sacramentos y de la lectura de la Biblia, de la oración personal y comunitaria, de manera especial al rezo de la Liturgia de las Horas. Tenemos como prioridad la construcción del Reino de Dios de manera especial entre los pobres, y para esto vivimos insertos en la vida del pueblo sirviendo en todo tipo de ambientes y apostolados. 

Algunos de nosotros se dedican enteramente a la vida contemplativa en su monasterio; otros sirven en los hospitales y los dispensarios, en las estancias infantiles, en las escuelas y las universidades; en los asilos para ancianos, en las comunidades para personas con dependencia a la droga o al alcohol; con personas en riesgo de prostitución y, por qué no, compartiendo la vida con comunidades indígenas y hasta con quien trabaja en los circos. Entre nosotros, algunos son sacerdotes y ejercen el ministerio en la comunidades parroquiales. 

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Nuestras fortalezas

Los consagrados tenemos grandes fortalezas. Somos: 

  • Hombres y mujeres de intercesión que saben rezar por y con el pueblo. De hecho, todos los días rezamos e intercedemos “por muchos hermanos y hermanas presos, migrantes, refugiados y perseguidos; por tantas familias heridas, por las personas en paro, por los pobres, por los enfermos, por las víctimas de dependencias, por no citar más que algunas situaciones que son cada día más urgentes” (Vultum Dei Quarere, n. 16).
  • Hombres y mujeres que saben vivir en las “fronteras” al lado del que tiene más necesidad, “aceptando los mayores riesgos con originalidad e imaginación”. “Sabemos mirar la realidad desde las periferias y tenemos el valor de afrontar nuevos desafíos experimentando sendas nuevas, para contribuir a elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales” (Cfr. Anunciad, n. 75). 

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