En este título me quiero referir a la vivencia o actitud de fe que practicaron las generaciones de la Iglesia original fundada por Jesús, la que practicamos los católicos de la actualidad y la que practicarán las generaciones del futuro próximo.


Una fe sin obras es una fe muerta

El Apóstol Santiago dice: “¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? (...). La fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma (…). ¿Por qué no te enteras de una vez, pobre hombre, de que la fe sin obras es estéril? (…). Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (2,14-26).

Lo que me impresiona de este texto de Santiago es el registro de que tan temprano haya comunidades –y / o personas individuales– que se profesan cristianos con una fe de cascarón de huevo de carnaval: sólo relleno de confeti.

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Fe, Esperanza y Caridad

La fe es una de las tres virtudes teologales, fruto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros. 

Es el Amor de Dios en nosotros que nos lleva a un ciclo de respuesta de amor a su Amor: nuestra FE es amor que busca; la ESPERANZA es el amor que crece; y la CARIDAD es nuestro amor que madura y transforma. Y, a su vez, la CARIDAD se vuelve un acto de fe mayor para un nuevo ciclo más profundo e intenso en nuestra vida; y así, de ciclo en ciclo, hasta la eternidad. Con la muerte se terminan la fe y la esperanza, y permanece sólo la caridad para siempre.

Las tres virtudes son un mismo acto de amor: el que cree, espera y ama; el que espera tiene fe y caridad; el que tiene caridad es porque cree y espera. Así vamos respondiendo al Espíritu Santo con una vida llena de amor y llevados por su Fuerza –no hay fuerza mayor que el Amor–. Y solamente siguiendo a Jesús que nos amó primero –y hasta el extremo– transformamos este mundo haciéndolo más humano.

A esto ha venido Jesús: “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único (…) para salvarlo por medio de Él” (Jn 10,16 ss). Y para ese proyecto nos llamó en su seguimiento. 


¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere? 

La respuesta a esta pregunta es: creer en Aquél a quien Dios ha enviado. Y que dijo de sí mismo:

  • Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed… y tiene vida eterna.
  • El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna vive en mí y yo en él… Como el Padre que me envió posee la vida y yo vivo por él, así también el que me coma vivirá por mi.
  • Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud.
  • El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto.
  • Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor, pero sólo permanecerán en mi amor si ponen en práctica mis mandamientos.

Nuestra actitud de fe hoy

A lo largo de dos milenios de cristianismo, estas verdades –una sencilla síntesis apenas– ha llenado el corazón  de los creyentes, y es muy larga la lista de hombres y mujeres que siguieron a Jesús a tope, aun entregando la vida de forma violenta, tratando de construir el mundo más humano que soñó –y sueña– el Maestro, y por lo que entregó su vida. 

La lista sigue, sin duda, en nuestro tiempo; y ojalá nosotros lo estemos intentando. Gente comprendió y comprende que ser cristiano es tener el corazón lleno de Dios, de amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos; como enseña Jesús, lleno de vida eterna, lleno de Dios. 

También es cierto que muchos no creyeron en su palabra, no quisieron escucharlo; o incluso, absurdamente, se acomodaron en una forma de ser y profesar el cristianismo

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sin corazón, es decir, sin Dios, sin Cristo, sin amor, sin vida, sin el prójimo. Son cristianos sin evangelio, tan vacíos como las tinajas de las bodas de Caná, tan ineficaces como el agua del pozo de Jacob que no le quitaba la sed a la mujer samaritana, tan estéril como la higuera sembrada en aquel viñedo de la parábola, o tan seca como el sarmiento despegado del tallo.


El oscuro futuro próximo de la fe

Sin ser pesimista –o fatalista– pero viendo los signos de los tiempos, veo al ser humano en caída libre hacia su autodestrucción y hacia la destrucción de la creación. 

Es extra urgente la conversión, pero a nadie parece interesarle. Nunca antes el ser humano había tenido tanta conciencia de su dignidad, del valor de la vida humana, pero nunca la había despreciado y matado –o dejado morir– tanto como ahora. Nunca había tenido tanto poder científico y económico, pero nunca había gastado tanto dinero y sabiduría humana para destruir nuestro planeta. 

Parece que estamos empeñados es escribir el Bestseller “LAS MIL Y UNA FORMA DE DESTRUIR A LA HUMANIDAD Y A LA CREACIÓN, inspirados en la valiosa aportación de la serpiente del paraíso: “–¡de ningún modo morirán! Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que coman del fruto del árbol se les abrirán los ojos y serán como Dios…”. 

Y el ser humano enfrascado en matar bebés en gestación y ancianos en pro de la dignidad de la vida humana, distraídos en el carnaval de la ideología del género, etc. ¡Dios mío, apiádate de nosotros por el amor a tu Hijo, en quien nosotros también somos hijos tuyos!

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