El sacerdocio es necesario para que la Iglesia cumpla con su misión de ser instrumento universal de salvación, “por medio del cual Cristo manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 776). 


"Los sacerdotes renuevan en nombre de Cristo"

Como expresa el himno de alabanza del prefacio de la Misa Crismal: “Los sacerdotes renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu Palabra y lo fortalecen con tus Sacramentos”.

Por consiguiente, la preocupación por las vocaciones sacerdotales resulta fundamental, y promoverlas es responsabilidad de toda la Iglesia. En primer lugar con la oración: debemos pedir al "Dueño de la mies que envíe obreros a sus campos” (Lc 10, 2); en segundo, especialmente los padres de familia han de acompañar la acción del Espíritu Santo en los corazones, mostrando a los más jóvenes

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“la dignidad… la belleza y el gran mérito” del sacerdocio (Pío XII, Exhortación Menti Nostrae, 1950); sin olvidar que el testimonio de los sacerdotes es esencial para que los adolescentes y jóvenes se sientan atraídos por este estilo de vida.


Pastores y ovejas del Único Pastor

Los sacerdotes son miembros de la Iglesia, son parte de los bautizados que han de servir a sus hermanos, son caminantes en la misma ruta y destino; son pastores que deben dar la vida por el rebaño, pero a su vez son ovejas del Único Pastor de nuestras vidas: Jesucristo. Sólo siguiendo a Jesús, los sacerdotes podrán superar los riesgos, desafíos y tentaciones a las que todos estamos expuestos.

 

El mundo necesita testigos confiables, cercanos y claros. La sociedad de hoy es más exigente, y al mismo tiempo tiende trampas de vanidad y superficialidad. Es cierto que el entorno para la Iglesia y el sacerdote nunca ha sido fácil ni cómodo, pero la crisis actual de la Iglesia se ha visto agigantada por el debate en torno a la vida, el matrimonio y la familia, y por los tristes casos de pederastia clerical de una minoría no comprometida con su vocación.


Pocos sacerdotes, muchas necesidades

En la Diócesis de Tepic, en el año 2000 existían 212 sacerdotes diocesanos, de los cuales 195 estaban en el territorio diocesano, 11 en otros Estados de la República y 6 en el extranjero. En 2010 subió muy poco el número, ya que sólo aumentó a 217 sacerdotes diocesanos: 203 en la diócesis, 8 en la misma nación y 6 en el extranjero. De acuerdo a cifras del año pasado –2018– hay 223 sacerdotes diocesanos: 214 en el territorio diocesano, 7 en otras partes del país y 2 en el extranjero. 

Hemos de reconocer que el número de sacerdotes ha disminuido, mientras que las necesidades y la población de la diócesis –que rebasa el millón doscientos mil habitantes–, van en aumento. 

 

Las estadísticas más actuales arrojan que en México existen 17 mil 449 sacerdotes y 17 mil 706 seminaristas, para atender a 6 mil 744 parroquias y 7 mil 169 centros pastorales, es decir, a 93 millones de fieles católicos.

En materia de delincuencia el sacerdocio también se ha visto afectado, ya que a nivel nacional, del año 2000 al 2018, 43 sacerdotes, 1 diácono y 2 seminaristas fueron asesinados, y 2 sacerdotes están desaparecidos.

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El sacerdocio de Cristo

De entre el pueblo de Israel, designado en Éxodo 19, 6 como “reino de sacerdotes”, la Tribu de Leví fue escogida por Dios “para el servicio de la Morada del Testimonio” (Números 1, 50); a su vez, de entre los levitas se consagraban los sacerdotes de la Antigua Alianza con el rito de la unción (Cfr. Ex 29,1-7), al conferirles una función “en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Hebreos 5,1).

El sacerdocio levítico prefiguró de algún modo la plena realización del sacerdocio de Jesucristo, no ligado ni a la genealogía, ni a los sacrificios del templo, ni a la Ley, sino sólo al mismo Dios (Cfr. Hb 6 y 7). Por eso fue “proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec” (Hb 5,10).

En efecto, el Verbo de Dios encarnado redime a todos los hombres con su muerte y resurrección, entregando su propia vida en cumplimiento de su condición sacerdotal. Este sacerdocio, que Jesús mismo presenta en términos de consagración y misión (Cfr. Jn 10,14), tiene valor universal: no existe una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo.

El sacerdocio en los apóstoles y sus sucesores

En la última cena, Jesús manifiesta la voluntad de hacer participar a sus apóstoles de su sacerdocio, expresado como consagración y misión: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo” (Jn 17,18). Esta participación se hace realidad en distintos momentos a lo largo del ministerio de Cristo, que pueden considerarse como los pasos para el Orden Sagrado: cuando llama a los apóstoles constituyéndoles como colegio (Cfr. Mc 3,13-19), cuando les instruye y los envía a predicar (Cfr. Lc 9,1-6), cuando les confiere el poder de perdonar los pecados (Cfr. Jn 20, 22-23), cuando les confía la misión universal (Cfr. Mt 28,18-20); hasta la especialísima ocasión en que les ordena celebrar la Eucaristía: “hagan esto en memoria mía” (1 Co 11, 24).

Durante su vida, los apóstoles “no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuara después de su muerte, a modo de testamento confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada (...) y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hicieran cargo del ministerio”. Es así como “los obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad para presidir sobre la comunidad en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad” (Concilio Vaticano II,  Lumen Gentium, nn. 19 y 20).

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El Sacramento del Orden

En el Nuevo Testamento, el ministerio apostólico es transmitido a través de la imposición de las manos y la oración (Cfr. Hch 6,6; 1 Tm 4, 14; 5, 22; 2 Tm 1, 6). Esta práctica está presente desde los ritos de ordenación más antiguos, y ha sido enriquecida a lo largo de los siglos por algunos ritos complementarios, como la presentación del elegido, la alocución del obispo, el interrogatorio del ordenando y las letanías de los santos; y para el obispo y el presbítero la unción con el santo crisma y la entrega del libro de los evangelios, de la patena y del cáliz.

Mediante el Sacramento del Orden se confiere una participación al sacerdocio de Cristo, Cabeza y Pastor, lo que permite ejercer la autoridad de Cristo en la función pastoral de predicación y de gobierno, y obrar en la Persona de Cristo la administración de los Sacramentos.


Tres grados del Orden Sagrado

Los tres grados del Sacramento del Orden son: el diaconado, el presbiterado y el episcopado, y conservan entre sí una íntima relación. A su vez, ellos se distinguen según la realidad sacramental conferida y sus correspondientes funciones en la Iglesia.

El Episcopado es “la plenitud del sacramento del orden”. A los obispos se les confía “el ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad” (Concilio Vaticano II,  Lumen Gentium, n. 20). 

Son sucesores de los apóstoles y miembros del colegio episcopal, conservando la comunión jerárquica con el Papa, cabeza del colegio, y con los demás obispos. Principalmente a ellos corresponden las funciones de ser cabeza, tanto en la Iglesia universal como presidiendo sus respectivas diócesis con sus consejos, exhortaciones, ejemplos, pero también con su autoridad y con su potestad sagrada.

El Presbiterado ha sido instituido por Dios para que sus ministros “tuvieran el poder sagrado del orden para ofrecer el sacrificio, perdonar los pecados y desempeñaran públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres” (Concilio Vaticano II, Presbyterorum Ordinis, n. 2).

Los presbíteros son colaboradores de los obispos para el recto cumplimiento de la misión apostólica, y tienen como obligación principal anunciar a todos el Evangelio de Cristo, unido al ministerio de la reconciliación y del alivio, que ejercen para con los fieles arrepentidos o enfermos. 

Como verdaderos pastores, “ellos, ejercitando, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada y dirigida hacia la unidad y por Cristo en el Espíritu, la conducen hasta Dios Padre” (Concilio Vaticano II,  Lumen Gentium, n. 28).

Los Diáconos constituyen el tercer grado de la jerarquía. A ellos se les imponen las manos no en orden al sacerdocio, sino al ministerio del servicio; como Cristo, que se hizo servidor de todos.

Además, los diáconos puede realizar “la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios” (Concilio Vaticano II,  Lumen Gentium, n. 29).


Sacerdotes al estilo de Jesús

El papa Francisco insiste en que los sacerdotes deben ser hombres de Dios y poseer una madurez afectiva integral. 

Han de formarse con mentalidad adecuada al mundo actual, totalmente entregados a los demás, abiertos, que sepan escuchar, cercanos a las personas –sobre todo a los que están lejos de Jesucristo– y bien formados teológicamente para que sepan aconsejar.

El sacerdote no es resultado de un mero proceso académico en el Seminario, ni de un proyecto individual, ni de una carrera eclesiástica. Retomando la Carta a los Hebreos: “todo sacerdote es tomado de entre los hombres y constituido a favor de los hombres en las cosas que se refieren a Dios” (5, 1). 

Oremos por las vocaciones sacerdotales. Procuremos que en cada familia crezca la esperanza de una vocación sacerdotal. Y apoyemos a los formadores del Seminario Diocesano en su ardua tarea de formar a los nuevos presbíteros. 

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