El sacerdocio acompaña

Desde hace casi dos mil años el sacerdocio católico acompaña a la humanidad. Y no ha dejado de atraer a los hombres. Nuestros días no son la excepción.

El Concilio Vaticano II dice acerca de los sacerdotes: “La obra divina, para cuya realización los tomó el Espíritu Santo, trasciende todas las fuerzas humanas y la sabiduría de los hombres, pues Dios eligió a los débiles del mundo para confundir a los fuertes. Conociendo, pues, su propia debilidad, el verdadero ministro de Cristo trabaja con humildad buscando lo que es grato a Dios; y como encadenado por el Espíritu, es llevado en todo por la voluntad de quien desea que todos los hombres se salven” (Presbyterorum Ordinis, n. 15).



Configurado con Criso

Llevando un tesoro en vasija de barro, el sacerdote, en virtud de su ordenación, participa de la unción de Cristo, como se expresa en las palabras de Isaías que Jesús leyó en la Sinagoga de Nazaret al inicio de su ministerio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobre la Buena Nueva, me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).

Configurado con Cristo, el sacerdote se convierte en una imagen del Padre: “Quien me ve a mí ve al Padre” (Jn 12,45). 


La paternidad sacerdotal

Podemos constatar cómo en nuestro mundo hay una gran sed de paternidad. Lo vemos en los niños, en los jóvenes, en los adultos, en las madres –incluso en los ancianos– que tienen la necesidad de encontrar en su camino y en su vida verdaderos padres, imagen de la paternidad de Dios.

La paternidad sacerdotal tiene dos vertientes: por un lado, un amor incondicional, una misericordia sin límites, una entrega total al otro, no importando cuáles sean sus limitaciones y sus fallas. 

El padre siempre tiene una mirada de esperanza para su hijo. Cree en él cuando, incluso, él ya no cree en sí mismo. Nunca tiene una mirada de desprecio, de dureza o de rechazo. Tiene una paciencia sin límites basada en la esperanza.

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Y la segunda vertiente implica la transmisión de la Palabra como verdadera paternidad, que traza para el otro un camino de conversión, de crecimiento y de vida. Ser padre significa ser testigo de la Palabra que no abruma, sino que libera; ayuda a los demás a no quedarse encerrados en sus actitudes estériles, egoístas e infantiles; alienta a reconocer los llamados que Dios nos hace a lo largo de nuestra vida y a responderle con confianza.


Una inmensa alegría

Para el sacerdote, la llamada a convertirse en imagen de la paternidad divina entraña una enorme exigencia. Requiere conversión continua para ser cada vez más pobre de sí mismo, de sus pretensiones, de sus necesidades de reconocimiento y de éxito personal. 

Esta llamada a la paternidad espiritual trae consigo una inmensa felicidad: la alegría de engendrar al otro a la verdadera vida que nunca termina, la vida plena, la vida misma de Dios.

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