Estamos en Tiempo de Cuaresma. Y, como todos sabemos, este Tiempo Litúrgico es un tiempo de gracia, de conversión y de arrepentimiento. 

La Iglesia nos invita a dar una mirada en nuestro interior y a reconocer las fallas que hemos tenido hacia Dios, hacia el prójimo y hacia nosotros mismos.

Aprovechando este tiempo de gracia, es bueno recordar lo que es el pecado, basándonos en la doctrina que la Iglesia nos presenta referente a esta realidad en la que todos, de alguna manera o en algún momento de nuestra vida, nos vemos sumergidos.

¿Qué es el pecado?

Lo primero que conviene recordar es que el pecado es toda acción u omisión voluntaria contra la Ley de Dios, que consiste en decir, hacer, pensar o desear algo contra los mandamientos de Dios o de la Iglesia, o faltar al cumplimiento del propio deber y a las obligaciones particulares.

Es importante que reflexionemos que ninguno de nosotros puede proceder según su propio arbitrio u opinión, pues en lo más profundo de la conciencia descubrimos la existencia de una Ley a la cual debemos obedecer, ya que está escrita por Dios en nuestro corazón. Y cuando desobedecemos esa ley es cuando caemos en pecado y perdemos la gracia.

Ciertamente el pecado es un misterio, y tiene un sentido profundamente religioso; por eso, para conocerlo y reconocerlo necesitamos la luz del Espíritu Santo, y más cuando nuestra sociedad parece que está perdiendo poco a poco la conciencia de pecado y tiende a relativizar la ley divina que nos manda hacer el bien y evitar el mal. Hay que caer en la cuenta de que el pecado escapa a la razón, ya que ni la antropología, ni la historia, ni la psicología, ni la ética, ni las ciencias sociales pueden penetrar su profundidad. Es una experiencia profunda, personal y que sólo se conoce en la íntima relación con Dios.

El pecado lastima el corazón del Padre

El pecado afecta al «Corazón del Padre», que se ve rechazado por el hijo a quien Él tanto ama.

Si Dios nos ama, es lógico que le «duela» nuestra falta de amor. Lo mismo que le agradaría mi amor, le desagrada mi desprecio. Si Dios se quedara insensible ante mi amor o mi desprecio, sería señal de que no me ama, o de que le soy indiferente. 

A mí no me duele el desprecio de un desconocido, pero sí me lastima si viene de una persona a la que amo. 

No es que el hombre le haga daño a Dios, pero a Dios le «duele» mi falta de amor. 

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    ¿Qué es la Opción Fundamental?

    La opción fundamental es la orientación permanente de la voluntad hacia un fin. Esta actitud debe explicitarse en el fiel cumplimiento de los preceptos, no de modo rutinario, sino vivificado por el dinamismo que el Espíritu imprime en nuestros corazones.

    La opción fundamental no consiste en liberarse del cumplimiento de determinadas normas o preceptos, sino muy al contrario, en hacer una llamada a la interiorización y profundización de la vida de cada cristiano.

    La opción fundamental por Dios consiste en colocar a Dios en el centro de la vida. Esa es la invitación que nos hace la Iglesia en esta Cuaresma, y toda nuestra vida. Esta es la tarea que tenemos como cristianos fieles y coherentes con la vivencia de su fe.


    Esperemos que en esta Cuaresma aprovechemos la oportunidad que Dios nos da para tomar la decisión de hacer de Cristo, y su mandato del amor, nuestra opción fundamental. 

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      Optar por Dios y por su proyecto de vida

      Ahora bien, si regresamos a nuestra propia realidad y experiencia caemos en la cuenta de que el pecado no es algo que nos cae inesperadamente, como un rayo en medio del campo. El pecado se va fraguando, poco a poco, dentro de nosotros mismos. Las repetidas infidelidades a Dios, los apegos desordenados consentidos, el irresponsable descuido de las cautelas, van preparando la caída.

      Y es que la fidelidad a Dios, la vivencia de una recta moral, no consiste en el cumplimiento mecánico de una serie de preceptos, sino en nuestra respuesta cordial a la llamada de Dios que se traduce en una actitud fundamental en el servicio de Dios, es decir, tener en nuestra vida una Opción Fundamental por Dios y para con Dios.

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