Colaborador: Armando González Escoto

Es muy irresponsable sesgar la conciencia histórica de una sociedad reduciendo la comprensión real de su pasado a sucesos aislados, inconexos y además confusos.

La independencia de México no se logró en un solo día, ni surgió exclusivamente de la ocurrencia de una sola persona. La independencia fue fruto de un largo proceso de maduración que se llevó once años.


Etapas

Cuatro etapas se distinguen en ese largo proceso: la de Hidalgo, la de Morelos, la de guerrillas y la etapa final de la consumación. Autoridades políticas, educativas, y de algún modo también las culturales, eligieron la etapa más confusa, problemática e infructuosa como emblema y escenografía ejemplar para la sociedad mexicana.

En efecto, la etapa inicial inevitablemente cayó en todo tipo de contradicciones; las acciones se improvisaron, se produjeron innumerables atropellos, crímenes y saqueos; la misma causa de la insurgencia se expresó en términos confusos y pronto se desprestigió a sí misma por los medios que empleaba. Sobrevino de inmediato una alarmante división de opiniones entre todos los diversos actores de la sociedad; las instituciones eclesiásticas y civiles se dividieron, los mismos líderes de la insurgencia acabaron peleados; al final nadie sabía ya de qué se trataba; y la empresa fracasó estrepitosamente.

heroes de la patria, Miguel Hidalgo, Jose María Morelos

La etapa final

La etapa final, en cambio, fue la más significativa en todos los aspectos; es el momento en el cual por fin la sociedad se une en una meta común; se establecen los acuerdos, se vencen resistencias; todos –o al menos la mayoría– coinciden en la necesidad de la independencia, y de manera efectiva se abocan a lograrla, lo cual consuman en menos de un año –el 27 de septiembre de 1821– exitosamente. Debe ser por tales características que esta crucial y definitiva etapa no forma parte de la conciencia histórica nacional, ya que los genios malignos de nuestra patria prefieren poner como ejemplo social las etapas de división y contraste, antes que recordarnos que sí somos capaces de unirnos en metas comunes, claras y concretas, que nuestros antepasados sí lograron la independencia; no por medio de “gritos” o balazos, sino de acuerdos, y que todas las instancias y estructuras de aquella sociedad contribuyeron al objetivo final, incluyendo al ejército, a la Iglesia, a las autoridades civiles, a los guerrilleros insurgentes y a todas las clases sociales.

Al insistir en la etapa caótica del proceso, es natural que se reediten hoy las mismas polémicas de ese momento, con su carga de confusión, división y odio; que anden para arriba y para abajo con el tema de las excomuniones y surjan de nuevo los ataques viscerales. Deberíamos preguntarnos: ¿quién obtiene ventaja al seguir promoviendo las peores etapas de nuestra historia, las más infructuosas, como un ejemplo a seguir? ¿No sería mucho más inteligente y productivo asumir una visión de conjunto que englobe las cuatro etapas y nos muestre los caminos que se siguieron para poder irlas superando hasta la victoria final?

Evidentemente la Iglesia tuvo un papel de la mayor importancia en todas las etapas, pues para comenzar todos los actores, insurgentes o realistas, eran miembros suyos, que actuaban ante la mirada del resto de la comunidad; mirada primero sorprendida, luego reprobadora, después indecisa y al final decidida por la independencia, sin que por ello deba verse oportunismo donde solamente se dio una lenta, dolorosa y al final exitosa evolución en la comprensión de los acontecimientos, y en las actitudes que debían tenerse ante los mismos.

 

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