El Catecismo de la Iglesia Católica explica que “la indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados –ya perdonados en cuanto a la culpa– que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos" (n. 1471). 

Es importante considerar que la doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del Sacramento de la Penitencia.


El pecado y sus consecuencias

El medio ordinario mediante el cual recibimos de Dios el perdón de nuestros pecados es el Sacramento de la Penitencia. Sin embargo, la doctrina católica nos enseña que el pecado entraña una doble consecuencia que brota de su misma naturaleza: «El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y, por ello, nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama "purgatorio". Esta purificación libera de lo que se llama la "pena temporal" del pecado» (n. 1472).

El perdón del pecado y la consiguiente restauración de la comunión con Dios obtenidas por el Sacramento de la Penitencia

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obtienen para los fieles la remisión de las penas eternas del pecado, pero las penas temporales permanecen.


La misericordia de Dios

En una catequesis, el Papa Juan Pablo II explicó: «La pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, si bien está reconciliado con Dios, queda todavía marcado por estos "residuos" del pecado que no le abren totalmente a la gracia. Precisamente, en vista de la curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino, la misericordia de Dios sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de "medicina", en la medida en que el hombre se deja interpelar por su conversión profunda» (Catequesis del 29 de septiembre de 1999).


La Iglesia: administradora de este tesoro

La Iglesia, al conceder la indulgencia, aplica su tesoro: son los méritos sobre-abundantes de Cristo para la remisión de la pena. La Iglesia es la administradora (no dueña) de este tesoro; determina la cantidad y las condiciones para la concesión de la indulgencia; toma en cuenta tanto la misericordia de Dios como los requisitos de su justicia.

La indulgencia es posible porque, igual que el pecado tiene un efecto comunitario (el pecado de uno afecta el Cuerpo de Cristo), la salvación también tiene una dimensión comunitaria. Por eso podemos orar unos por otros. Los méritos de Cristo y de los santos (por estar unidos a Él en su Cuerpo Místico), nos benefician.


Indulgencia Parcial:

  • Tener la intención de ganar indulgencias.
  • Realizar la obra o la oración prescrita.
  • Estar en estado de gracia.

Indulgencia Plenaria:

  • Tener la intención de ganar indulgencias.
  • Confesión Sacramental.
  • Comunión Eucarística.
  • Orar por las intenciones del Santo Padre (Padre Nuestro, Ave María y Gloria) para afirmar la propia pertenencia a la Iglesia, cuyo fundamento y centro visible de unidad es el Romano Pontífice.
  • No tener afecto a pecado alguno (ni venial siquiera).
  • Visitar el lugar u observar aquello a lo que se le concedió indulgencia.

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Importancia del Sacramento de la Confesión

La indulgencia presupone que el pecador ha cumplido con los requisitos de una buena confesión, entre estos la satisfacción (penitencia) que el confesor impone.

La indulgencia es extra-sacramental (es decir, no es un sacramento); requiere recibir el sacramento de la confesión.

La indulgencia no puede remover la culpa, sólo la pena. La culpa es removida al hacer una buena confesión.

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Visitar los lugares designados con devoción

La obra indicada para obtener la indulgencia anexa a una iglesia u oratorio consiste en la visita piadosa de ese lugar, rezar el Padrenuestro y el Credo, a no ser que en algún caso especial se establezcan otras condiciones. Se reza el Padre Nuestro para afirmar la propia dignidad de hijos de Dios recibida en el bautismo, y se reza el Credo (Símbolo de la fe) para afirmar la propia identidad católica.

Para ganar una indulgencia plenaria o parcial, tanto en año normal o en Año Santo, debes siempre cumplir con los requisitos ya señalados.


Todos los días puedes alcanzar la indulgencia plenaria

Además de lo anterior, en un año normal puedes ganar la indulgencia plenaria cumpliendo con los siguientes requisitos:

  • La visita de adoración al Santísimo de media hora por lo menos.
  • La visita a los cementerios con la oración por los difuntos y aplicada solamente a las almas del purgatorio, del día 1 al 8 de noviembre.
  • La adoración de la cruz, el Viernes Santo, durante la solemne acción litúrgica.
  • En las primeras comuniones, a los que la reciben y a los que asisten devotamente.
  • A los participantes a ejercicios espirituales de tres días de duración por lo menos.
  • A los que recitan el rosario en una iglesia u oratorio público ante el Santísimo Sacramento, aunque no esté expuesto sino reservado en el sagrario, o lo recen en familia, o en asociación piadosa.
  • A los que leen la Sagrada Escritura por lo menos durante media hora.
  • Rezando el Vía Crucis delante de las estaciones legítimamente erigidas.

Jesús crucificado es la Gran Indulgencia

Reflexionando sobre todo esto, queda claro que la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de todo cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad. 

Consideremos las palabras de Juan Pablo II: «Jesús crucificado es la gran "indulgencia" que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial en el Espíritu Santo. Ahora bien, según la lógica de la alianza, que es el corazón de toda la economía de la salvación, no podemos recibir este don sin aceptarlo y corresponder a él. A la luz de este principio, no es difícil comprender cómo la reconciliación con Dios, si bien está fundada en su ofrecimiento gratuito y rico en misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso en el que el hombre está involucrado con su compromiso personal y la Iglesia con su tarea sacramental […]. El hombre debe "curarse" progresivamente de las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él» (Catequesis del 29 de septiembre de 1999). 


Auxilio para la conversión

Las indulgencias, en lugar de ser una especie de “descuento” del compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más disponible generoso y radical. Acerquémonos, pues, con toda confianza al Señor, que no sólo perdona nuestras culpas, sino que también, a través de su Iglesia, difunde sobre sobre nuestras heridas el bálsamo curativo de sus méritos infinitos. 

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