Colaborador: Ernesto Cuervo Pérez

Nunca como ahora –me da la impresión– ha sido tan difícil compartir la fe en la resurrección y la vida eterna

rodeados de tanto egoísmo, búsqueda del placer y donde todo es relativo, es decir, donde todo da lo mismo. Además, en una cultura tan marcada por el descarte y el desprecio a la vida humana y su dignidad. Y escuchando a Jesús decir: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios” (Lucas 9, 60; Mateo 8, 22), ¿qué podemos pensar?


¿Jesús no le daba importancia al trato a los muertos? 

Quien no conoce la invitación de Jesús a participar en la construcción del Reino podría tildarlo de duro, tajante, insensible al dolor; seguramente desconcertante.

A quien lo escuchaba era como decirle que se la pensara muy bien, que no era fácil su seguimiento, que habría muchas dificultades y renuncias; que no cualquiera puede ir por ese camino.

Para comprender cómo la respuesta de Jesús debió sorprender fuertemente al discípulo –así como nos sorprende hoy a nosotros– hay que tener en cuenta que, para los judíos de entonces, una de las obras de misericordia más dignas de alabanza era precisamente la de enterrar a los difuntos. 

Imagen de ramos de rosas en piedras durante la lluvia
Las flores son signo de respeto y amor que hacemos a nuestros difuntos al llevarlas a su altar.

¿Qué quiere decir Jesús con eso de que los muertos entierren a sus muertos? 

¿Cómo puede un muerto enterrar a otro muerto? ¿Quiénes eran esos muertos que según Jesús debían enterrar a sus muertos?  Escuchemos la lección de Pablo a los cristianos de Éfeso: "Él –esto es, Jesús– les dio vida a ustedes, cuando estaban muertos en sus delitos y pecados" (Efesios 2,1). 

Están muertos en vida todos aquellos que llevan una vida de pecado, "siguiendo la corriente de este mundo", como agrega Pablo. Es decir, viviendo como vive la mayoría de la gente: a su manera y dando la espalda a Dios.

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