Una Sangre derramada por amor

Lic. Francisco Rafael Casillas Martínez

La Iglesia Católica celebra la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo el día primero de julio. Y de acuerdo a una antiquísima tradición, todo el mes de julio está dedicado a honrar a la Preciosa Sangre que Cristo derramó en la Cruz para la salvación de todos.


Adorar al Señor con gratitud y amor

La devoción a la Preciosa Sangre de Cristo nos mueve a adorar al Señor Jesús reconociendo, con gratitud y amor, el valor de su sacratísima sangre. Sobre ella trata la carta apostólica Inde a Primis (Desde el comienzo), del papa Juan XXIII, en la que señala la importancia de rescatar lo que desde tiempos muy antiguos ya se venía rezando en las letanías a la Preciosa Sangre de Cristo –precisamente en el mes de julio–, pues en los hogares cristianos era muy común recitar esta devoción como gratitud por el gesto amoroso de la entrega de Dios por los hombres.

El Papa también reconoce en la carta la labor de San Gaspar del Búfalo, sacerdote fundador de los “Misioneros de la Preciosísima Sangre de Cristo” y a quien se le atribuye, con la aprobación de la Santa Sede, la propagación de esta devoción.

Teniendo como referente esta iniciativa, desde el siglo XVIII algunos jerarcas de la Iglesia Católica propiciaron que el culto que ya se venía dando fuera cada vez mayor, como lo fue el Papa Benedicto XIV, que por mandato propio ordenó que se le compusiera una Misa y el Oficio en honor a la “Sangre adorable del Divino Salvador”; posteriormente Pío IX extendió esta fiesta litúrgica a la Iglesia Universal, y años después, con motivo del XIX centenario de la redención humana, el Papa Pío XI eleva a la categoría de “rito doble de primera clase”

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    esta fiesta litúrgica; tal categoría era llamada así para denotar la importancia de la celebración, y que posterior a un cambio en el lenguaje litúrgico en la actualidad se conoce como “solemnidad”.


    Fuente de reconciliación y principio de vida nueva

    Esta devoción enfoca la mirada, la atención y la fe en el misterio del Amor de Dios encarnado, y recuerda que Cristo, derramando su sangre, ha ofrecido –y ofrece– su amor, fuente de reconciliación y principio de vida nueva en el Espíritu Santo.

    En la Biblia está escrito que hemos sido rescatados con «una sangre preciosa», la de Cristo (1 Pe 1, 19). San Pablo dice que “para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1), y esta libertad tuvo un precio alto: la vida, la sangre del redentor.

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      Desde tiempos inmemoriales la sangre ha sido considerada como elemento de tradiciones religiosas y costumbres, en las que se presenta como principio de la vida y donde reside el alma; por ello, para llegar a la purificación del alma era necesario la purificación del cuerpo a través de la sangre: sólo con la sangre se limpian algunos pecados. 

      En este sentido, se ha de clarificar la ley que se originó en los escritos del Antiguo Testamento: “La sangre sólo se paga con sangre”; la sangre derramada que se origina en la violencia solamente podrá ser expiada por la sangre de aquél que fue el sujeto que la derramó. 

      Se puede deducir entonces que una vez que la sangre es sacada de su “recipiente natural”, producto de un acto de violencia, queda impura y tiende a la corrupción, y que sólo puede desatar odio y muerte; algo que no sucedió con la sangre de Cristo, pues en este punto radica el origen de la fuerza de su entrega: será la única que, al ser derramada con máxima violencia por los hombres, no se vuelva contra ellos para clamar venganza, sino que se levanta para salvar a toda la humanidad.

      Puedes leer el artículo completo en nuestra edición de Julio. Búscala en tu parroquia.

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