Por una tradición ya secular, en nuestra Iglesia Católica muchas de las pequeñas comunidades rurales, ciudades y hasta los colectivos mayores –como un país o continentes completos– están bajo la protección y cuidado de un santo patrono o patrona.

Y esto que sucede con las poblaciones menores y mayores, sucede también con las parroquias y con ciertos gremios o asociaciones de fieles que se ponen bajo el amparo y la intercesión de algún santo o santa.  

Como ejemplo basta citar que nuestra diócesis tiene como santa patrona a Nuestra Señora del Rosario de Talpa.

Petición del Pueblo de Dios

El año de 1868, un año antes de iniciar el Concilio Vaticano I, el Papa Pío IX comentó haber recibido más de 500 cartas de obispos y cardenales del mundo entero, y de fieles de varios países, pidiendo se nombrase a san José como el Patrono de la Iglesia Católica en todo el mundo. 

    En diciembre de 1869 comienza el Concilio, y aunque se suspende debido a la guerra franco–alemana y a la toma de Roma, una petición circulaba entre los obispos y padres conciliares, y poco a poco se iba llenando de firmas; en ella pedían que el Concilio reconociera como patrono de la Iglesia a san José. 

    Será el 8 de diciembre de 1870 cuando se nombre a san José como Patrono Universal de la Iglesia. El papa Pío IX quiso que el decreto se leyera dentro de las misas, en la solemnidad mariana, para subrayar así los estrechos lazos que Dios estableció entre José y María, entre la Iglesia del cielo y la de la Tierra. 

    ¿Por qué san José?

    ¿Qué llevó al Papa y a sus colaboradores a optar por un artesano de la Palestina del siglo I para ser el protector y amparo de la Iglesia Católica en el mundo? 

    En los 19 siglos de historia que en aquel entonces contaba en su haber el nuevo pueblo de Dios resaltaban ya insignes y preclaros varones y mujeres que a la santidad sumaban la ciencia y el conocimiento en grado superlativo, como san Agustín, santo Tomás de Aquino, santa Catalina de Siena y muchos más. 

    Si no se hubiera querido optar por la ciencia y el conocimiento, pudieron decantarse por la humildad del pobrecillo de Asís, la radicalidad de san Benito o la elocuencia de muchos otros héroes de la fe. 

    Si la intención era volver a los orígenes, ¿por qué no pensar en san Pedro, a quien el mismo Jesús confió las llaves de su Iglesia?; ¿acaso no parecería lógico sumarse como Iglesia a la confianza que Jesús tuvo con Simón el pescador, a quien pidió apacentar y cuidar el rebaño?; ¿por qué san José?; ¿qué razones llevaron al Papa y a sus consejeros a optar por la figura de un hombre sencillo y humilde, del que apenas se escribe poco y él mismo no pronuncia palabra en las Sagradas Escrituras?

    Escogido por Dios

    Los argumentos propuestos por Pío IX podemos resumirlos de esta manera: primero por la misma elección que Dios llevó a cabo, haciendo de José su "hombre de confianza"; segundo, porque la Iglesia ha invocado a lo largo de su camino a san José y a María, y ha experimentado su protección de manera especial en los momentos más difíciles. 

    El mismo Pío IX en julio de 1871, en un Breve titulado Inclytum Patriarcham (El Ilustre Patriarca) anuncia al mundo su decisión y confirma: "El ilustre patriarca, el bienaventurado José, fue escogido por Dios prefiriéndolo a cualquier otro Santo para que fuera en la tierra el castísimo y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María, y el padre putativo de su Hijo único. Con el fin de permitir a José que cumpliera a la perfección un encargo tan sublime, Dios lo colmó de favores absolutamente singulares, y los multiplicó abundantemente…".

    Esposo de María y “padre” del Hijo de Dios

    Entre los 38 cardenales y más de 200 patriarcas, arzobispos y obispos de distintas regiones del orbe que firmaron aquella hoja que circulaba en el Concilio Vaticano I, estaba el cardenal Joaquín Pecci –futuro Papa León XIII– y que a la postre publicaría el 15 de agosto de 1889 la encíclica Quamquam Pluries (Aunque muchas veces) sobre la devoción a san José en la Iglesia, y en ella expone también algunas de las razones para elegirlo patrono universal e invocarlo como poderoso intercesor. 

    En el número 3 podemos leer: "Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro". 

    Y más adelante: "Él se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. Él se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos, a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención. Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo".

    Custodio del Redentor

    San Juan Pablo II, el 4 de marzo de 1979 –durante su primer año de pontificado– publicó la encíclica Redemptor Hominis (El Redentor del hombre). Años después, en 1987, ofreció al mundo la encíclica llamada Redemptoris Mater (La Madre del Redentor). Y dos años más tarde, para completar la trilogía sobre el tema de la redención, una exhortación apostólica Redemptoris Cultus (El Custodio del Redentor), que en su conjunto nos ofrecen una completa  doctrina sobre el papel de María, de José y de Jesús en el misterio de la Encarnación y en el misterio de la Redención, ligados íntimamente. 

    En Redemptoris Cultus trata sobre la figura y la misión de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia. "En el centenario de la publicación de la Carta Encíclica Quamquam Pluries, del Papa León XIII, y siguiendo la huella de la secular veneración a san José, deseo presentar a la consideración de vosotros, queridos hermanos y hermanas, algunas reflexiones sobre aquél al cual Dios «confió la custodia de sus tesoros más preciosos». Con profunda alegría cumplo este deber pastoral, para que en todos crezca la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente", podemos leer en los primeros números.

    Silencioso intercesor

    Hecha la breve introducción, donde se enfatiza que Dios confió a san José la custodia de sus tesoros más preciosos, en los primeros dos capítulos y desde el marco de las Sagradas Escrituras, en concreto desde los evangelios, la encíclica presenta a José evocando su figura como aparece a lo largo de la historia en nuestra tradición como esposo de María, depositario del Misterio de Dios y su paternidad putativa. 

    El capítulo tres nos adentra en la vocación y misión de José dentro del plan divino de la redención; los capítulos restantes ofrecen líneas sobre otras virtudes encontradas en el patriarca: el trabajo, la vida interior, el silencio y la entrega generosa. Es en el sexto y último capítulo donde el Papa nos recuerda la necesidad y la conveniencia de invocar y pedir la intercesión de San José, patrono universal de la Iglesia. 

    León XIII en 1889 decía: "Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino". Y pidió que en todo el mundo la Iglesia elevara su plegaria a san José como su patrono universal, incluyendo la oración que desde entonces elevamos a quien fue elegido por Dios para ser el custodio y guardián del Redentor. En este mes de marzo, en el que celebramos la festividad de San José –día 19– unámonos a toda la Iglesia puesta bajo su mirada.

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