El relato de la Transfiguración del Señor aparece en los tres Evangelios Sinópticos (Mateo 17,1-9  Marcos 9, 2-10 y Lucas 9, 28-33). Nos conviene leerlo en cada uno de ellos, así conoceremos todos los detalles y la enseñanza de este misterio de la vida de Jesús.

En la liturgia, el segundo domingo de cuaresma está dedicado a contemplar la Transfiguración del Señor, y además el 6 de agosto celebramos la Fiesta de la Transfiguración de Cristo; este año, como estamos en el ciclo B, lo leemos de acuerdo al Evangelio de San Marcos.


El contexto

La Transfiguración es un evento verdaderamente fascinante, porque vemos a Jesús, que es verdadero hombre,  transformarse ante tres de sus discípulos que sólo lo conocen como hombre, y ahora les muestra su faceta divina.

Seis días después… es el contexto amplio de este hecho, es la confesión de fe de Pedro a la  pregunta de Jesús: “y ustedes ¿quién dicen que soy yo”? Pedro contesta: “tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo”, y en seguida Jesus les anuncia por primera vez su Pasión. Eso obviamente escandaliza a Pedro: “eso no te pasará a ti”. Jesús responde con dureza al escándalo de Pedro: “apártate de mí satanás, porque tú piensas como los hombre, no piensas como Dios”. 

Hay, por lo tanto, un conflicto no pequeño: ¿cómo integrar la confesión de la divinidad de Jesucristo con el anuncio de su pasión?; no caben ambas cosas. Luego les enseña las condiciones para seguirlo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Y en ese contexto acontece la Transfiguración.

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    El simbolismo y la enseñanza

    El texto nos dice que Jesús tomó a Pedro, Santiago y a Juan, sus discípulos más cercanos, que también serán testigos de su máxima humillación en El Monte de los Olivos.  

    Pedro, a quien Él ha elegido para ser cabeza de su Iglesia. Santiago, que será el primero de los apóstoles en ser martirizado. Juan, el más joven de sus apóstoles a quien encomienda a su Madre.

    Ellos están tristes, confundidos, por lo que les ha dicho acerca de su muerte; ahora les va a mostrar su lado divino. Los lleva a un monte alto, lugar de encuentro entre Dios y los hombres. Aunque el Evangelista no dice el nombre del monte, una antigua tradición lo ubica como el  Monte Tabor.


    “Y se transfiguró delante de ellos”

    Su rostro luminoso nos muestra su naturaleza divina: “Dios es Luz” (1 Jn 1,5). El blanco fulgurante de sus vestidos simboliza la vida divina, la resurrección.

    Se les aparecieron Moisés, el libertador del Antiguo Testamento, el que los guía a la tierra prometida, el mediador de la Alianza en El Monte Sinaí, a quien se le atribuyen los libros de la Ley, el Pentateuco. Y Elías, el profeta de fuego a quien Dios dio gran poder, y a quien los Israelitas tanto respetan; el gran defensor de Yahvé que venció a los sacerdotes de Baal en El Monte Carmelo. 

    Estos dos personajes del Antiguo Testamento simbolizan las Sagradas Escrituras, la Ley y los Profetas; es decir: la Palabra de Dios. Conversan con Jesús, el Hijo de Dios, La Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14). San Lucas nos dice que hablaban de su partida que iba a tener lugar en Jerusalén. 

    Ante tan grandiosa visión, los discípulos están atemorizados; Pedro habla sin sentido, símbolo de la pequeñez del ser humano.

     

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      La Nube que los cubre con su sombra nos recuerda a la nube que acompañó al pueblo de Israel en su caminata por el desierto, que en el día los protegía del sol abrazador y en la noche iluminaba el campamento, símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Desde  la nube se oye la voz del Padre que nos

      dice quién es Jesús y qué debemos hacer ante Él: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.


      Una manifestación divina

      La Transfiguración es una Teofanía, es decir, una manifestación de Dios Trino y Uno. Santo Tomas nos lo explica con mucha claridad: “En aquella voz que se escuchó estaba el Padre; en aquel hombre de cuyo rostro resplandecía luz estaba el Hijo; y en la Nube luminosa que los cubría estaba el Espíritu Santo”. 

      Al evocar junto a Moisés y Elías su partida, Jesús muestra que su gloria pasa a través de la cruz, y otorga un anticipo de su Resurrección y de su gloriosa venida, que transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo .


      La gloria de la Cruz

      La  transfiguración quiere preparar el corazón de los apóstoles –y también el corazón de todos nosotros– para que entendamos que la Cruz es gloriosa, que no hay resurrección sin Cruz, y que tenemos que superar ese miedo, ese pavor que tenía Pedro, al anuncio de la muerte de su Maestro. 

      Un antiguo texto litúrgico dice: “En El Monte te transfiguraste y tus discípulos contemplaron tu gloria en cuanto podían comprenderla, así cuando te viesen crucificado entenderían que padecías libremente y anunciarán al mundo que tú eras en verdad el resplandor del Padre”.

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