En el primer versículo de la Biblia está escrito: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). De esta forma le queda claro al lector que Dios es el origen de todas las cosas.

En el libro del Génesis Dios se manifiesta como Padre de la creación. Él es el origen de la vida, y, al crear, muestra su omnipotencia. Luego, las imágenes usadas por la Sagrada Escritura al respecto son muy sugestivas (Cfr. Is 40, 12; 45, 18; 48, 13; Sal 104, 2.5; 135, 7; Pr 8, 27-29; Jb 38–39). Dios, como un Padre bueno y todopoderoso, cuida de todo aquello que ha creado con un amor y una fidelidad que nunca decae. 


La armonía de la creación

En los dos primeros capítulos del libro del Génesis se presentan los dos relatos de la creación: 1, 1-2,4a, el llamado “relato Sacerdotal”,y 2, 4b-25, el llamado “relato Yahvista”. Finalmente, en el capítulo 3 se relata la tentación y caída del hombre (3,1-24). El primer relato presenta solemnemente la obra creadora de Dios desplegándola a lo largo de siete días: en seis días Dios realiza la creación y, el séptimo día –es decir, el sábado– concluye toda actividad y descansa.

Luego, el autor repite seis veces la frase: «Vio Dios que era bueno» (vv. 4.10.12.18.21.25); y para concluir, la séptima vez, después de la creación del hombre, se afirma: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (v. 31). Todo lo que Dios crea es bello y bueno, impregnado de sabiduría y de amor; la acción creadora de Dios trae orden, introduce armonía, dona belleza  (Cfr. Benedicto XVI, 6 de febrero de 2013).


¿Cómo comprender las narraciones del Génesis? 

 

La Biblia no quiere ser un manual de ciencias naturales; quiere, en cambio, hacer comprender la verdad auténtica y profunda de las cosas. 

La verdad fundamental que nos revelan los relatos del Génesis es que el mundo no es un conjunto de fuerzas entre sí contrastantes, sino que tiene su origen y su estabilidad en la Razón eterna de Dios, que sigue sosteniendo el universo. 

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El Libro del Génesis

Génesis es una palabra griega que significa origen, principio. El primer libro de la Biblia recibe ese nombre precisamente por su contenido. Ahí se narra el origen del universo, del ser humano y del pueblo elegido por Dios.

Este libro no puede ser considerado ni científico ni estrictamente histórico. La intención de este libro es teológica. Esto quiere decir que las imágenes y los personajes han de conducirnos a descubrir que todo procede de Dios, pues Dios es el origen del universo y el Creador del ser humano.

El texto que conocemos fue redactado en distintas etapas de la historia del pueblo de Israel. A decir de los especialistas, se terminó de escribir cuando este pueblo se encontraba exiliado en Babilonia, aproximadamente en el siglo V antes de Cristo.


Por lo tanto, la Escritura nos dice que el origen del ser, del mundo, nuestro origen… no es lo irracional y la necesidad, sino la razón, el amor y la libertad (Cfr. Benedicto XVI, 6 de febrero de 2013).


Y entró el pecado en el mundo

Adán y Eva aparecen en el libro del Génesis (segundo relato: 2,4b-24) como representantes del ser humano –del hombre y la mujer–. Y los dos, hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios.

En el principio el ser humano estaba en comunión con su Creador, consigo mismo y con la creación entera. Pero engañado por el demonio, haciendo mal uso de su libertad y queriendo ocupar el lugar de Dios, el hombre permitió que el pecado entrara en el mundo.

Con el pecado la comunión quedó fracturada, y el destino del ser humano cambió de rumbo. Pero Dios, compasivo y misericordioso, hizo una alianza, y pronto se comprometió a rescatar a la humanidad que se le había perdido.


Una serpiente en el jardín

Junto a Adán y Eva hay dos figuras relevantes: el jardín –con el árbol del conocimiento del bien y del mal– y la serpiente.

El jardín nos dice que la realidad en la que Dios puso al ser humano no es una foresta salvaje, sino un lugar que protege, que nutre y que sostiene; y el hombre debe reconocer el mundo no como propiedad que se puede saquear o explotar, sino como don del Creador, don que se ha de cultivar y custodiar, que se debe hacer crecer y desarrollar en el respeto y la armonía.

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La serpiente es una figura que deriva de los cultos orientales de la fecundidad. La Sagrada Escritura presenta la tentación que sufrieron Adán y Eva como el núcleo de la tentación y del pecado. La serpiente no niega a Dios, pero insinúa una pregunta tramposa: «¿Conque Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol del jardín?» (Gn 3, 2). De este modo la serpiente suscita la sospecha de que la alianza con Dios es como una cadena que ata, que priva de la libertad y de las cosas más bellas y preciosas de la vida (Cfr. Benedicto XVI, 6 de febrero de 2013).


La tentación: origen de la fractura

La tentación consiste en querer construirse solos el mundo donde se vive, en no aceptar los límites de ser creatura, los límites del bien y del mal, los límites de la moralidad. De este modo, la dependencia del amor creador de Dios se ve como un peso del que hay que liberarse.

Cando se desvirtúa la relación con Dios con una mentira, o poniéndose en su lugar, todas las demás relaciones se ven alteradas. Entonces el otro se convierte en un rival, en una amenaza: Adán, después de ceder a la tentación, acusa inmediatamente a Eva; los dos se esconden de la mirada de Dios, con quien anteriormente conversaban en amistad; el mundo ya no es el jardín donde se vive en armonía, sino un lugar que se ha de explotar y en el cual se encubren insidias; la envidia y el odio hacia el otro entran en el corazón del hombre: ejemplo de ello es Caín, que mata a su hermano Abel (Gn 4,1-11). 

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Jesucristo, el nuevo Adán

Si Adán no fue capaz de obedecer y de vencer la tentación, “cuando llegó la plenitud de los tiempos”, Jesucristo, el nuevo Adán, nos enseña que es posible obedecer y vencer la tentación, y conseguir así una vida plena, una vida en comunión con Dios, con los demás hombres y con la creación entera.

Jesucristo realiza exactamente el itinerario inverso del que hizo Adán: así como Adán no reconoce que es creatura y quiere ponerse en el lugar de Dios, Jesús está en una relación filial perfecta con el Padre; se convierte en siervo, recorre el camino del amor humillándose hasta la muerte de cruz, para volver a poner en orden las relaciones con Dios. 

Si con frecuencia seguimos los pasos de Adán y Eva: camino de sospecha, de desobediencia, de mentira y de destrucción, cada día es una oportunidad para recorrer el camino de Jesucristo: camino de fe, de verdad, de obediencia, de humildad y de comunión.

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