Una plática de amor

Compartiendo los alimentos en casa de una familia, y teniendo como tema de sobremesa el matrimonio, una de las hijas me preguntó: padre, “¿por qué hacen que  los novios en la misa repitan unos votos y unas palabras que quizá no entiendan ni acepten del todo?; no sería mejor que cada uno de ellos expresara con sus propias palabras sus sentimientos y su deseo de estar con su pareja?”. 

Noté de inmediato en ella una falta de información y de formación acerca del Sacramento del Matrimonio en nuestra Iglesia. Digo de información, primeramente, porque los novios cuando inician sus trámites para casarse tienen al menos una entrevista con el sacerdote de su parroquia donde presentan su documentación y son acompañados de otras personas que fungen como testigos; en esa primera entrevista los novios son examinados acerca de la libertad y las razones por las cuales se quieren casar, y es tarea del sacerdote descubrir la rectitud de intención y los motivos por los cuales quieren unir sus vidas. Si el sacerdote llegara a descubrir coacción, o ausencia de libertad, o intenciones contrarias a las propiedades y a los fines del matrimonio en alguno de los pretendientes, el matrimonio no procede. Además de las entrevistas con el sacerdote, los novios asisten a una serie de charlas previas a la celebración, donde entre otras cosas se explican las propiedades y las finalidades del matrimonio católico.

pareja dando el anillo en ceremonia de matrimonio
Fotografía tomada por Edoardo Briseño

Es decir, cuando asisten a la celebración del matrimonio, ya los novios, digámoslo así, saben a lo que van. Se presume que no van ni obligados y que tienen conocimiento del compromiso tan grande que van a asumir.


¿Qué es el matrimonio?

Hablemos con más detenimiento de ¿qué es el matrimonio?, ¿cuáles son sus propiedades y qué objetivos o fines persigue? Para responder a la primera pregunta nos apoyaremos en el Código de Derecho Canónico, que en canon 1055 en su numeral 1 nos dice: "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados". Debemos precisar que este canon no agota lo que el matrimonio es, por ello completemos también con lo que nos dice el Catecismo de Iglesia Católica en el número 1603: "La íntima comunidad de vida y amor conyugal está fundada por el Creador y provista de leyes propias. [...] El mismo Dios [...] es el autor del matrimonio" (Gaudium et Spes n. 48,1). 

La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanente. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (Cfr. Gaudium et Spes, n. 47, 2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS n. 47,1); y en el número 1604 añade: "Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 2), que es Amor (Cfr. 1 Jn 4, 8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Cfr. Gn 1, 31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla"» (Gn 1,28)". Aquí los textos, recogiendo uno de los documentos del Concilio Vaticano II, hablan del matrimonio como íntima comunidad de vida y de amor, mismo que Dios bendice y es destinado a la fecundidad.

matrimonio recien casado mostrando las manos juntas en forma de corazón

Propiedades del matrimonio

Para responder a las preguntas sobre las propiedades y los fines de este sacramento recurrimos nuevamente al Derecho Canónico, y en concreto al canon 1056:  "Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento". 

¿Qué entendemos por unidad e indisolubilidad? Nos dice el libro del Génesis (2, 24): "Por esta razón deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer y los dos se hacen uno solo". Con la unidad nos referimos a la unión entre un solo hombre y una sola mujer; es la donación recíproca y total aspirando a tener, como exhorta san Pablo, un mismo sentir y un mismo pensar. Cuando hablamos de la unidad como propiedad del matrimonio católico hacemos referencia a la fidelidad como un requisito indispensable, por ello la poligamia y la poliandria contrarían la doctrina y se atentan directamente la unidad deseada.

Son populares los frascos de café con "grano soluble", es decir, que se desbarata, se disuelve o diluye, principalmente cuando se le agrega algún líquido. La indisolubilidad en el sacramento del que hablamos significa que el vínculo matrimonial no puede disolverse, sino que dura para toda la vida y nadie lo puede deshacer.


Fines del matrimonio

Hemos hablado de las propiedades, hablemos ahora de los fines que persigue el matrimonio. En este punto, el canon 1055 nos ayuda diciendo: "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados". Tenemos así dos fines: principalmente el bien de los cónyuges y después la generación y la educación de la prole. Muchos enfatizan lo segundo pasando por alto lo primero, que el matrimonio busca el bienestar integral, es decir, la realización de los esposos en el proyecto de vida en común

matrimonio tomado de la mano en ceremonia religiosa
Fotografía tomada por Edoardo Briseño

Un sacramento de amor

Cuando pregunto a quienes quieren contraer matrimonio: ¿Por qué te quieres casar?, generalmente responden de manera casi automática o como programados de antemano: por amor, porque nos queremos, porque queremos ser felices, porque estamos enamorados, porque queremos formar una familia, o frases que oscilan en torno a esas ideas. Y supongo que es cierto, porque después de todo, ¿quién se quiere casar para ser infeliz o amargarse la vida?, ¿quién se aventura en el matrimonio con la intención de llevar una vida miserable o hacer sufrir a su cónyuge? Nadie que se diga sano emocional o psicológicamente contrae matrimonio con la intención de hacer infeliz a su pareja o a sí mismo.

Todo matrimonio celebrado en nuestra Iglesia debe estar cimentado y sustentado en el amor, y esa es tan sólo una de las diferencias entre el matrimonio civil, como un mero contrato entre dos personas, y el matrimonio eclesiástico, como sacramento de amor. 

La mayoría de los jueces, al realizar el matrimonio civil, no preguntan por el amor, y es que al ser un mero acuerdo, éste puede darse por conveniencia de distintas índoles: económica, social o incluso por adquirir la ciudadanía o una nacionalidad concreta. Pueden amarse o no, y lo más sorprendente, no importa, ¡usted firme aquí!.

novia entrando al templo acompañada de su papá
Fotografía tomada por Edoardo Briseño

Ser soporte, sustentar y sostener

San Pablo en la carta a los Colosenses, hablando de la nueva vida en Cristo, nos exhorta a la práctica de algunas virtudes que nos ayudan a crecer humana y cristianamente: "Como elegidos de Dios, pueblo suyo y amados por Él, revístanse de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense cuando alguno tenga motivos de queja contra el otro. Del mismo modo que el Señor les perdonó, perdónense también ustedes. Y por encima de todo, revístanse de amor que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones; a ella los ha llamado Dios para formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos" (Col 3, 12-15).

Aplicando este pasaje a la vida matrimonial comento dos cosas: primero, cuando Pablo dice sopórtense mutuamente no debemos tomar estas palabras en el sentido de tolerar, aguantar al otro, sino de ser soporte, de sustentar y sostener. Los esposos deben ser sustento, soporte y ayuda el uno del otro. Segundo, Pablo, siendo fiel a la doctrina de Jesús, catapulta el amor por encima de cualquier otra virtud: el amor tiene la primacía entre todos los mandamientos. Nos dice el apóstol de los gentiles: por encima de todo, tengan amor, revístanse de amor, porque el amor es el vínculo de la perfecta unión. Los esposos pueden estar juntos por intereses o conveniencias, por costumbre o rutina, pero ese simple estar juntos está lejos de la unidad y la armonía buscadas, pues sólo el amor garantiza la perfecta unión.


Amor que se torna servicio y sacrificio

El amor en la vida de pareja, como en la vida de cada uno de nosotros, debe concretarse en el día a día; es un amor que toma distintos rostros, un amor que se vuelve servicio, paciencia, donación; un amor que se concreta en el diálogo y la toma de acuerdos; amor que se torna incluso renuncia o sacrificio oblativo en la conquista de la felicidad.

Volvamos al comienzo: ¿Por qué hacen que los novios en la misa repitan unos votos y unas palabras que quizá no entiendan ni acepten del todo?, ¿no sería mejor que cada uno de ellos expresara con sus propias palabras sus sentimientos y su deseo de estar con su pareja? La celebración del Sacramento y la formulación de los votos están pensadas de tal manera que incluyan la esencia del matrimonio: la libertad, el consentimiento, el amor, el respeto, la unidad-fidelidad, la indisolubilidad, el bien de los cónyuges y la generación y educación de los hijos; dejar los votos a la inspiración de los contrayentes puede ser romántico y emotivo, pero se corre el peligro de invalidar incluso el matrimonio.

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