Para muchos, la doctrina y enseñanza de la Iglesia resulta alienante y desencarnada. Incluso ha habido pensadores que señalan la fe (cualquiera que sea la denominación religiosa) como medio para adormecer al pueblo y la conciencia colectiva.


¿Una visión limitada?

Se la ha acusado de invertir los valores que llevan a la superación y al progreso de los pueblos, predicando más la pobreza como signo de humildad que la prosperidad, satanizando la riqueza; de frenar el avance científico y tecnológico hablando de un abandono confiado a la voluntad de Dios, dejando todo en sus manos; de impedir un desarrollo de nuestro entorno en el aquí y ahora con la creencia del Reino de los cielos en la vida futura y eterna.

Casi siempre tales posturas muestran una visión limitada y parcial del mensaje cristiano, cuando no de una profunda ignorancia del mismo. Si algo tiene el mensaje de Jesús es su integralidad, es decir, abarca todas y cada una de las dimensiones del ser humano en su vivencia personal y social.

El desconocimiento del cual adolecen muchos de los que son contrarios a la Iglesia, lo encontramos también en la mayoría de los que pertenecemos a ella. El católico de a pie difícilmente sabe cuál es la postura y la doctrina de la Iglesia católica sobre temas como la dignidad de persona, la economía, la política, la cultura y el deporte, la educación o el trabajo. Con un desconocimiento así, no resulta extraño entonces que poco o nada incida la fe en estas realidades tan nuestras y cotidianas, y por lo mismo, la separación entre la fe y su repercusión en la transformación social se zanja cada vez más.


Celebración con compromiso social

Este mes de mayo lo abrimos con la celebración del día del trabajo, que en nuestro país –como en muchos otros– sirve como palestra buscando mejores condiciones laborales, salarios justos, y un largo etcétera que a primera vista parecerían asuntos muy ajenos de la fe y de la vida espiritual.

Por esta razón, los invito a conocer un poco de lo que la Iglesia enseña y pide respecto al trabajo y a los trabajadores en su doctrina social cristiana, aclarando que no es una ideología más, ni una doctrina política o económica, sino el conjunto de principios y criterios generales que, teniendo como fuente la ley natural y el mensaje revelado, orientan a una visión global del hombre –y por lo mismo de la sociedad– y que están encaminados hacia un humanismo integral y solidario, hacia un mundo más justo y fraterno.


¿Qué es el trabajo?

“«Trabajo» significa todo tipo de acción realizada por el hombre independientemente de sus características o circunstancias; significa toda actividad humana que se puede o se debe reconocer como trabajo entre las múltiples actividades de las que el hombre es capaz y a las que está predispuesto por la naturaleza misma en virtud de su humanidad.

Hecho a imagen y semejanza de Dios en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra, el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo.

¿Qué enseña la Iglesia sobre el trabajo?

Dejemos que hablen los textos del Magisterio de la Iglesia, que de manera más enfática y estructurada encontramos esta doctrina desde el Papa León XIII hasta nuestros días. Nos enfocaremos de manera especial en la Laborem Excercens(LE), tercera encíclica de san Juan Pablo II publicada el mes de septiembre de 1981, y sobre todo en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia(CDSI), de abril del año 2004. Con la intención de facilitar el acercamiento a sus contenidos, presentaré en los siguientes apartados extractos interesantes de los documentos de la Iglesia.

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El trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas, cuya actividad, relacionada con el mantenimiento de la vida, no puede llamarse trabajo; solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza” (Introducción de la LE).


¿El trabajo le viene al hombre como consecuencia del pecado?

“El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por ello, ni un castigo ni una maldición. Se convierte en fatiga y pena a causa del pecado de Adán y Eva, que rompen su relación confiada y armoniosa con Dios (Cfr. Gn 3, 6-8)… Sin embargo, a pesar del pecado de los primeros padres, el designio del Creador, el sentido de sus criaturas y, entre éstas, del hombre, llamado a ser cultivador y custodio de la creación, permanecen inalterados” (CDSI n. 256).


¿Y el trabajo infantil?

“El trabajo infantil y de menores, en sus formas intolerables, constituye un tipo de violencia menos visible, mas no por ello menos terrible. Una violencia que, más allá de todas las implicaciones políticas, económicas y jurídicas, sigue siendo esencialmente un problema moral. León XIII ya advertía: «En cuanto a los niños, se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo que entren en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su cuerpo, a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agosta, como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo». La plaga del trabajo infantil, a más de cien años de distancia, todavía no ha sido eliminada.

Es verdad que, al menos por el momento, en ciertos países, la contribución de los niños con su trabajo al presupuesto familiar y a las economías nacionales es irrenunciable y que, en algún modo, ciertas formas de trabajo a tiempo parcial pueden ser provechosas para los mismos niños; con todo ello, la doctrina social denuncia el aumento de la «explotación laboral de los menores en condiciones de auténtica esclavitud». Esta explotación constituye una grave violación de la dignidad humana de la que todo individuo es portador, «prescindiendo de que sea pequeño o aparentemente insignificante en términos utilitarios»” (CDSI n. 296).

¿Trabajar es una obligación?

“La conciencia de la transitoriedad de la «escena de este mundo» (Cfr. 1 Co 7,31) no exime de ninguna tarea histórica, mucho menos del trabajo (Cfr. 2 Ts 3,7-15), que es parte integrante de la condición humana, sin ser la única razón de la vida. Ningún cristiano, por el hecho de pertenecer a una comunidad solidaria y fraterna, debe sentirse con derecho a no trabajar y vivir a expensas de los demás (Cfr. 2 Ts 3,6-12).

Al contrario, el apóstol Pablo exhorta a todos a ambicionar «vivir en tranquilidad» con el trabajo de las propias manos, para que «no necesitéis de nadie» (1 Ts 4,11-12), y a practicar una solidaridad, incluso material, que comparta los frutos del trabajo con quien «se halle en necesidad» (Ef 4,28). Santiago defiende los derechos conculcados de los trabajadores: «Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (St 5,4). Los creyentes deben vivir el trabajo al estilo de Cristo, convirtiéndolo en ocasión para dar un testimonio cristiano «ante los de fuera» (1 Ts 4,12)” (CDSI n. 264).

El derecho al trabajo

“El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre: un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana. La Iglesia enseña el valor del trabajo no sólo porque es siempre personal, sino también por el carácter de necesidad. El trabajo es necesario para formar y mantener una familia, adquirir el derecho a la propiedad y contribuir al bien común de la familia humana. La consideración de las implicaciones morales que la cuestión del trabajo comporta en la vida social, lleva a la Iglesia a indicar la desocupación como una «verdadera calamidad social», sobre todo en relación con las jóvenes generaciones.

El trabajo es un bien de todos, que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La «plena ocupación» es, por tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y al bien común. Una sociedad donde el derecho al trabajo sea anulado o sistemáticamente negado y donde las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, «no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social»” (CDSI nn. 288-287).


Los derechos de los trabajadores

“Los derechos de los trabajadores, como todos los demás derechos, se basan en la naturaleza de la persona humana y en su dignidad trascendente. El Magisterio social de la Iglesia ha considerado oportuno enunciar algunos de ellos, indicando la conveniencia de su reconocimiento en los ordenamientos jurídicos: el derecho a una justa remuneración, el derecho al descanso, el derecho «a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral»; el derecho a que sea salvaguardada la propia personalidad en el lugar de trabajo, sin que sean «conculcados de ningún modo en la propia conciencia o en la propia dignidad»; el derecho a subsidios adecuados e indispensables para la subsistencia de los trabajadores desocupados y de sus familias; el derecho a la pensión, así como a la seguridad social para la vejez, la enfermedad y en caso de accidentes relacionados con la prestación laboral; el derecho a previsiones sociales vinculadas a la maternidad; el derecho a reunirse y a asociarse. Estos derechos son frecuentemente desatendidos, como confirman los tristes fenómenos del trabajo infraremunerado, sin garantías ni representación adecuadas. Con frecuencia sucede que las condiciones de trabajo para hombres, mujeres y niños, especialmente en los países en vías de desarrollo, son tan inhumanas que ofenden su dignidad y dañan su salud” (CDSI n. 301).

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¿Es aceptable la huelga y el paro?

“La doctrina social reconoce la legitimidad de la huelga «cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado», después de haber constatado la ineficacia de todas las demás modalidades para superar los conflictos. La huelga, una de las conquistas más costosas del movimiento sindical, se puede definir como el rechazo colectivo y concertado, por parte de los trabajadores, a seguir desarrollando sus actividades, con el fin de obtener, por medio de la presión así realizada sobre los patrones, sobre el Estado y sobre la opinión pública, mejoras en sus condiciones de trabajo y en su situación social. También la huelga, aun cuando aparezca «como una especie de ultimátum», debe ser siempre un método pacífico de reivindicación y de lucha por los propios derechos; resulta «moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones del trabajo o contrarios al bien común»” (CDSI n. 304).

¿Conocías la riqueza de la doctrina social de la Iglesia?, no pongamos reparos o excusas para adentrarnos en este tesoro que se antoja inagotable y siempre dispuesto a ser descubierto. Otras realidades humanas como el descanso, la cultura, el deporte, la política, la democracia, la educación y muchas más son tratadas en los documentos eclesiales.

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