Por encargo divino y social, la familia tiene la misión de formar personas de calidad (Isauro Blanco).  Y para formar personas de calidad, los padres y los matrimonios tenemos que ser de calidad. Porque la calidad es una forma de vida. La coherencia en nuestro actuar es fundamental para establecer realmente una acción educativa que beneficie a nuestros hijos.

Para poder educar, los padres debemos revisar constantemente nuestros patrones de vida personal y matrimonial, porque “educamos más por lo que somos que por lo que hacemos” (Isauro Blanco).  Y la calidad, o la falta de ella, es contagiosa; nuestros hijos se benefician o se perjudican dependiendo de lo que nosotros somos.

Iniciar con acciones concretas

El regreso a la  calidad de vida en los adultos se inicia con acciones específicas y concretas, pues los grandes cambios se logran con acciones sencillas.                                 

Actualmente la familia está sujeta a presiones externas e internas abrumadoras: tensiones económicas, una ambición desmedida de consumo, miedo social por una creciente inseguridad pública, etc. Y la factura de este problema generado por los adultos la están pagando las nuevas generaciones. 

Y cuando la familia cede áreas de influencia la toman por asalto invasores como la búsqueda del placer a corto plazo y gratuito, los medios de comunicación masiva, Internet,  celulares… y tantos antivalores que nuestros hijos ven y viven constantemente en su entorno.

Necesidad de equilibrio

Es urgente que la familia recupere sus áreas de influencia; que trabaje en el  enriquecimiento de las relaciones entre sus miembros, mejorando su manera de comunicarse, para poder competir con la enorme capacidad del enemigo: ese ambiente permisivo y seductor que atrae tanto a nuestros niños y adolescentes.

La familia, como organismo vivo, necesita un equilibrio interno que garantice las funciones prioritarias de sus miembros en forma saludable y productiva. Y el equilibrio familiar radica en la relación matrimonial.  

Las familias disfuncionales inician con problemas que a larto plazo son serios serios: desajustes, tensión, cansancio, debilidad humana, problemas de comunicación… ¿Por qué no revisar y dar un mantenimiento preventivo a la relación familiar? ¿Por qué no revisar seriamente cómo está la relación de la pareja?

Responsabilidad de los padres

Un factor que multiplica el número de familias disfuncionales es la diferencia de criterios educativos entre los padres, con la consecuencia de mutuas acusaciones como: “te lo dije…”.

La diferencia de criterios educativos se debe al egoísmo y al orgullo; a no querer reconocer errores personales o no querer hacer cambios en nuestro estilo de vida.                    

Nosotros, que hemos invitado a la vida a un ser humano, hemos de tomarnos muy en serio el trabajo de su formación, pues de lo que hagamos o dejemos de hacer dependen muchas cosas.  

Nuestros hijos verán en nosotros unos modelos para sus vidas. Esta sola idea nos tiene que hacer pensar seriamente y preguntarnos: ¿verdaderamente estoy tomando en serio mi labor como padre de familia? ¿Soy realmente un educador?

Ya es hora de que tomemos nuestra labor profesionalmente. Hay muchas personas especialistas en educación: pedagogos, maestros, psicólogos, terapeutas, etc.; pero los que realmente somos  responsables de nuestra familia somos los papás.

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