Muchas de las actividades cotidianas se realizan en torno a la comida y a la mesa. Trabajamos para ganar el pan y obtener el sustento de cada día, se invierte no poco tiempo en la elaboración de la comida, tanto a nivel casero o familiar como industrial o comercial.  Algunas carreras tecnológicas y universitarias giran en torno al procesamiento y control de calidad del mundo alimentario y otras en su preparación y presentación buscando satisfacer los sentidos de los comensales. 

En torno a la mesa se tiene el encuentro, el debate, se gestan relaciones fraternas, se cierran tratos y negocios, y hasta se han tomado acuerdos de paz; no exageramos al decir que la comida es el epicentro de la vida humana. Hemos hecho de esta necesidad fisiológica básica y elemental el eje que mueve la vida diaria por una sencilla razón: el alimento es vida.


La Iglesia vive de la Eucaristía

El Papa San Juan Pablo II, en abril de 2003 ofreció a toda la Iglesia su carta encíclica: ECCLESIA DE EUCHARISTIA, misma que inicia con una afirmación bella y profunda: La Iglesia vive de la Eucaristía. 

El Cuerpo y la Sangre de Cristo alimenta, nutre y fortalece a la Iglesia. Suscitar el asombro eucarístico en todos y cada uno de nosotros es uno de los objetivos del Papa, leamos el número 6: “Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar este «asombro» eucarístico, en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia con la Carta apostólica Novo millennio ineunte y con su coronamiento mariano Rosarium Virginis Mariae. Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el «programa» que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización.

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Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, «misterio de luz». Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24, 31)”.


La Eucaristía crea comunión y educa en la comunión 

Quien tenga la experiencia (creo que la mayoría y más de una vez) de haber compartido los alimentos con la familia, con los buenos amigos o seres queridos, sabrá que por encima de los platillos preparados y servidos con mayor o menor esmero y pericia, está el gusto del compartir el tiempo, la vida, las experiencias diarias y los proyectos que cada cual emprende, y que al final, cuando nos levantamos de la mesa después de esos momentos privilegiados, verdaderos kairós existenciales y momentos de comunión, allí donde las almas se explayan y se abren por la confianza de los comensales, sabe también que son las almas las que salen saciadas y “retroalimentadas”, igual o mucho más que el cuerpo.

Nosotros, como hombres y mujeres de fe, sabemos que es la mesa eucarística el lugar privilegiado de encuentro y de comunión, y que la celebración del sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo es ese momento especial de gracia, que día tras día, como inmensa prueba de amor, reconforta y da paz a las almas hambrientas. 

A este respecto el documento sobre la Eucaristía nos dice claramente: “La Eucaristía crea comunión y educa a la comunión. San Pablo escribía a los fieles de Corinto manifestando el gran contraste de sus divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Señor. Consecuentemente, el Apóstol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad de la Eucaristía con el fin de hacerlos volver al espíritu de comunión fraterna (Cfr. 1 Co 11, 17-34), (n. 40). “Esta peculiar eficacia para promover la comunión, propia de la Eucaristía, es uno de los motivos de la importancia de la Misa dominical. Sobre ella y sobre las razones por las que es fundamental para la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles, me he ocupado en la Carta apostólica sobre la santificación del domingo Dies Domini, recordando, además, que participar en la Misa es una obligación para los fieles, a menos que tengan un impedimento grave, lo que impone a los Pastores el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir este precepto. Más recientemente, en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, al trazar el camino pastoral de la Iglesia a comienzos del tercer milenio, he querido dar un relieve particular a la Eucaristía dominical, subrayando su eficacia creadora de comunión: Ella –decía– «es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad»” (n. 41).

Tarea de quienes compartimos el sacramento del orden en los distintos grados y oficios es velar por esta unidad y comunión: “La salvaguardia y promoción de la comunión eclesial es una tarea de todos los fieles, que encuentran en la Eucaristía, como sacramento de la unidad de la Iglesia, un campo de especial aplicación. Más en concreto, este cometido atañe con particular responsabilidad a los Pastores de la Iglesia, cada uno en el propio grado y según el propio oficio eclesiástico. Por tanto, la Iglesia ha dado normas que se orientan a favorecer la participación frecuente y fructuosa de los fieles en la Mesa eucarística y, al mismo tiempo, a determinar las condiciones objetivas en las que no debe administrar la comunión. El esmero en procurar una fiel observancia de dichas normas se convierte en expresión efectiva de amor hacia la Eucaristía y hacia la Iglesia” (42).


Distintos alimentos para el alma

Nos hemos vuelto una sociedad que se polariza. Por un lado gran parte de la población padece y sufre trastornos alimenticios, sobrepeso y obesidad, abunda la comida llamada chatarra que llena pero no nutre; y por otro lado encontramos a quienes han hecho del culto al cuerpo y el cuidado de la figura una verdadera forma de vida. Y si eso no fuera suficiente, nos hemos volcado tanto a lo material, que vamos descuidando en gran medida y con graves consecuencias el campo espiritual.

La lectura de un buen libro, el aprendizaje y la práctica de las bellas artes, el ejercicio físico y el deporte frecuente, sumados a otras tantas expresiones culturales, son también alimento para el espíritu; desde el ámbito religioso alimentamos el alma con la oración, la lectura de la Palabra de Dios, con la práctica de las virtudes cristianas, con los sacramentos y, de manera especial, con el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, pan de vida y bebida de salvación. 

Cuando hablamos del Misterio de fe, del Sacramento Eucarístico, se constatan también los polos. Por una parte aumentan en muchas partes las capillas de adoración eucarística y se acrecienta el fervor y el amor de los fieles a Jesús Eucaristía, mientras que por otro, los intentos de reducirlo a mero recordatorio o acto de culto banalizan lo que de suyo en nuestra Iglesia es culmen y fuente. Junto a estos intentos reductivos a los que se llega por interpretaciones erróneas de la Escritura, o ciertas líneas teológicas, vemos una serie de abusos diarios en las parroquias que van desde sagrarios prácticamente en el abandono hasta un rechazo abierto a las normas litúrgicas, y esa mala práctica sólo deja entrever una mala doctrina.

El Papa San Juan Pablo II, consciente de estas realidades, las consigna en el número 10 de la encíclica: “Desgraciadamente, junto a estas luces, no faltan sombras. En efecto, hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística. A esto se añaden, en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento.

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Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno. Además, queda a veces oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del anuncio. También por eso, aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. ¿Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones”.

Esta unidad y comunión se ha vuelto vulnerable debido a la creatividad, falta de obediencia y hasta por el afán de novedad y de agradar a los fieles, que acusando de fría, formal o incluso rutinaria la liturgia romana vamos introduciendo en las comunidades parroquiales. Donde cada uno “crea y reinventa” su propio rito se quebranta la unidad y la comunión que de la Eucaristía manan.


Fidelidad a las Normas Litúrgicas

“De todo lo dicho se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión; no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia Universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las «formas» adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. 

Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones y a la formación de facciones (Cfr. 1 Co 11, 17-34). También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia”. (n. 52)


“Es Cristo quien vive en mí”

Recogiendo la experiencia religiosa de muchos pueblos y culturas, podemos afirmar que la comida es también el lugar de encuentro con lo trascendente; y desde la visión cristiana afirmamos que la comida es camino privilegiado que Dios emplea para revelarse y acercarse a nosotros. 

Juan, en su Evangelio, afirma que “el Verbo de Dios se hizo carne”; carne en el sentido de asumir la naturaleza humana, pero también se hace “carne” al quedarse como alimento espiritual: pan de vida y bebida de salvación ofrecidas en su cuerpo y su sangre.

Si somos lo que comemos, de acuerdo al adagio popular, continuemos en ese proceso de asemejarnos a Cristo Jesús, al punto que como Pablo podamos decir: “ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí”; y para entrar en intimidad con Cristo Jesús, nada mejor que recibir su Cuerpo y su Sangre. 

Que a la invitación del Señor Jesús, que nos dice, como lo hizo con sus apóstoles: “vengan a comer algo”, podamos responder parafraseando al salmista: “estoy hambriento del Dios que da la Vida”.

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