Con el Miércoles de Ceniza, signo penitencial, se inicia un camino de preparación: la Cuaresma, en la que la Iglesia llama a los fieles a la conversión y a prepararse para vivir los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. 

El Miércoles de Ceniza es una celebración contenida en el Misal Romano. Éste explica que en la Misa se bendice e impone en la frente de los fieles la ceniza hecha de las palmas bendecidas en el Domingo de Ramos del año anterior.


sacerdote imponiendo la ceniza a una niña

La ceniza como símbolo.

Su función nos la describe el “Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia”, Artículo 125: “El comienzo de los 40 días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. La Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden a recibir la ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual.”


Imposición de ceniza

Cuando no hay sacerdote la imposición de cenizas puede realizarse sin Misa, de forma extraordinaria por un ministro. Sin embargo, es recomendable que al acto se preceda con una Liturgia de la Palabra. La bendición de las cenizas, como todo sacramental, sólo puede realizarla un sacerdote o un diácono.

Anteriormente, al imponer la ceniza se decía: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”, (Gen 3, 19), recordándonos que Dios formó al hombre del polvo de la Tierra. Mensaje que nos hacía ver lo transitorio de la vida y a pensar en la fragilidad humana para reflexionar en la preparación para la vida eterna.

cruz hecha entre ceniza

El Concilio Vaticano II propuso cambiar el texto anterior y substituirlo por el primer mensaje de Jesús: “Conviértete y cree en el evangelio” (Mc 1, 15). El Concilio recuerda que “la penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social.  Foméntese por lo tanto la práctica penitencial” (Sacrosanctum Concilium, n. 109).

Así, cuando los fieles cristianos acudimos el primer día de la Cuaresma para el signo de la ceniza, se nos dice: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”, denotando que debemos acudir dispuestos para iniciar un itinerario espiritual (en los ámbitos personal y social) hacia la Pascua.  Se trata de un camino marcado ante todo por el arrepentimiento que brota de reconocer el amor y la misericordia de Dios, experimentados de manera personal, que mueve a, que con los pies en la tierra, cada uno se disponga a cambios concretos en la propia vida.  Sólo así se comprende que este camino va necesariamente unido a un renovado y profundo diálogo con el Señor (oración) que impulsa, con su Espíritu, a modos concretos de renunciar a sí mismo, tomando la propia cruz y siguiéndolo según el modelo de la donación amorosa del que nos amó y se entregó por nosotros (ayuno y caridad). Ya que un signo característico de penitencia del Miércoles de Ceniza es la práctica de la oración, el ayuno y las obras de caridad.

El gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente se hace como respuesta a la Palabra de Dios, que nos invita a la conversión, como inicio y entrada al ayuno y a la marcha de preparación para la Pascua. La Cuaresma inicia con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros (el hombre viejo) para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

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